Vittorio Gassman, un gran actor
Por Elsa Bragato* (Exclusivo). -En 1992, Vittorio Gassman volvió por séptima vez al país. Tenía flamantes 70 años, mantenía su elegancia arrogante y se mostraba feliz luego de superar una fuerte depresión.
El gran actor italiano, maestro de teatro con su famoso centro “La Bottega” que funcionaba en Florencia, manifestaba su terror a la muerte a la que consideraba “de muy mal gusto”.
En esta oportunidad, iba a representar en el teatro Coliseo (depende del consulado de Italia) “Ulises y la ballena blanca”, que había estrenado en la Expo 92 de Sevilla, y en Génova. Lo acompañaba una complejísima escenografía que luego trasladó a América latina, oportunidad en que lo volvimos a ver.Ya lo habíamos disfrutado años antes en el teatro Opera con la obra “L^uomo dal fiore in bocca” de Pirandello, y también en el teatro Coliseo asistiendo a una más que interesante master– class más que conferencia de prensa.
–“No tengo un gran discurso, pero estoy muy agradecido a esta ciudad que siempre me recibe más que bien. Esta es una ciudad especial, es la séptima vez que vengo y siento algo misterioso. Además, me gusta el tango, y me haré una escapada para escucharlo”.
–Usted dirige el centro teatral “La Bottega”, ¿cómo es ser
actor y director a la vez?
–No sé si soy objetivo cumpliendo esas dos funciones, es una doble responsabilidad, un doble trabajo. Todo actor que se enfrente a una obra debe saberse no solo la letra sino las raíces del texto. Me parece que la dirección es algo natural para un actor, casi todos somos directores después de una carrera como actores.
–Ha hecho televisión en series muy reconocidas, ¿le gusta tanto como el teatro?
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–El teatro y la televisión mantienen una relación complicada, la televisión está bien para popularizar el teatro, pero no
sustituye el misterio del escenario.
–¿Por qué eligió esta obra, basada en Moby Dick, de Herman
Melville?
–Fue la ambigüedad, puede ser entendida por los chicos
como un libro de aventuras y también los literatos pueden
encontrarle sutilezas en el lenguaje. En sentido metafórico, el
hombre tiene varias bellezas blancas a lo largo de su vida, yo
creo que también las tengo dentro de mí. En este caso tomé la
idea de Melville y a partir de allí armé un prólogo irónico. El
personaje es un joven marinero, testigo de la historia, que se
irá dando cuenta de que se embarcó en una nave misteriosa.
Leí por primera vez a los 10 años la novela Moby Dick, y siempre la tuve presente. Me fascina el tema, es la noble locura
humana, es aquello que hacen algunos hombres sin pensarlo
mucho y que llegan a pagar un precio muy alto por ello. Fíjese
que en esta obra hay también una catástrofe final porque es,
en definitiva, un hecho inusual.
–¿Está personificando a un héroe?
–No lo sé, pero sé que todos los héroes de teatro son hombres solos o bien terminan solos.
–No es su caso, es padre de cinco hijos, ¿le interesa que sigan
su profesión?
–Está Alessandro, con quien trabajo. Pero no significa trabajar con la familia. No mezclo las cosas. Mi hijo ya hizo dos
espectáculos conmigo y siempre fue difícil, pero sobrevivió a
mí. Y le he autorizado a quedarse en la profesión siendo él, no
pretendo crear pequeños Gassman.
–Lo vemos bien, Gassman, pero todos sabemos que estuvo dos años o más sin trabajar.
–Es cierto, tuve una depresión muy fuerte que duró dos años largos. Pero aprendí dos cosas: un poco de neurosis controlada es necesaria, aunque la gran enfermedad es la ausencia de una neurosis para un actor. Para un actor ser totalmente sano de su cabeza es un poco absurdo.
–Se lo ve estable en su vida afectiva…
–Ahora sí, lo logré. Tuve algunas ocasiones de hablar con mis esposas, con las mujeres, las respeto mucho, pero no las entiendo. Me gustan mucho, me encanta tocar la piel de una mujer, tienen gran coraje y dignidad. Solo encuentro una sola cosa en contra: yo creo que los hombres son muy superiores en la capacidad de inventar cosas inútiles. La mujer siempre tiene a su cargo las cosas serias de la vida, y los hombres, no. Por eso, mi teoría es que todo el poder debe dárseles a las mujeres y el hombre debe quedar como objeto de placer.
–No vamos a discutir porque, en verdad, la sociedad piensa al revés. Sin embargo, me da pie para preguntarle cómo es usted en familia.
–Nada me fue fácil. Me da pena que, en mis primeras paternidades, cuando era joven, no haya podido disfrutar el nacimiento de mis hijos por mi trabajo. La primera infancia es la edad mágica. No obstante, pienso que, aunque sea necesario tener una buena relación padre–hijo, en mi caso nunca quise ser un sobreprotector o un “padre padrone”. O ponerme a la altura de un niño. Yo me situé en un lugar intermedio. Sé que mis hijos me juzgan como un hombre ocupado y divertido a la vez. También es cierto que tuve algunas separaciones. Pero creo que las he resuelto bastante bien. No fueron muy116 117
traumáticas para mis hijos. Aunque para todo hijo lo mejor es
que sus padres permanezcan juntos.
Entrevistar a Vittorio Gassman fue un desafío todas las veces
que tuve que hacerlo. Se notaba su rapidez intelectual, siempre
fumando con una elegancia muy singular y con cierta arrogancia que era más natural que pose. Tuvo varios matrimonios y
escándalos amorosos. De cada una de sus cinco esposas, tuvo
un hijo (Nora Ricci, Shelley Winters, Juliette Mayniel, Diletta
D’Andrea). Alessandro fue hijo de Juliette, la cuarta. Gassman
hablaba un italiano culto, formado en el teatro y en el conservatorio. No era chabacano, mantenía cierta lejanía aristocrática
con el interlocutor, pero se mostraba sincero en sus respuestas.
En el off de récord, posaba para el fotógrafo, y también se
charlaba de manera espontánea, especialmente sobre sus miedos, que eran muy profundos. La muerte era un tema recurrente que, tal como manifestó en esta oportunidad, lo llevó
a la depresión. Los diarios de la época dieron cuenta de estas
manifestaciones de Gassman.
Sin embargo, en cuanto se recuperaba, actuaba. La compañía de su última esposa fue crucial. En nuestro país siempre tuvo éxito en el cine. Inolvidable “I soliti ignoti”, de 1958,
y luego “Il sorpasso”, de 1962, películas que lo popularizaron,
sacándole esa pátina dramática que también lo distinguía, tal
vez por su rostro anguloso y su expresión severa. Su último film
fue “La cena”, en 1998. Pero nunca dejó de hacer teatro. Tenía el
centro en Florencia pero también había creado el Teatro Popolare Itinerante con el que recorría su país. En otros encuentros,
habíamos hablado del placer que le daba llevar teatro a distintas ciudades y pueblos. Irónico, elegante, ateo, de fuerte temperamento, Gassman fue uno de los grandes actores del siglo
XX tanto en Italia como en el mundo anglosajón por su fluido inglés. Fue un honor tratarlo varias veces, siempre puntual, con cigarrillo en mano, y dispuesto al diálogo.
*Elsa Bragato. Periodista, Ex Directora Suplemento Espectáculos del diario Cr{onica
Editor: EM

