Nacionales

Abel Basti, tras las huellas de Adolf Hitler después del 45: “Era vox populi que estaba vivo”

En el libro «Las fotos de Hitler después de la guerra», el periodista, que se ha dedicado a reconstruir la vida de jerarcas nazis en el país luego de la caída del Tercer Reich, sugiere que el Führer vivió en Sudamérica.

Cuando Philip K. Dick escribió la novela El hombre en el castillo, relato ucrónico que es ya un clásico del género Ciencia Ficción, propuso que Adolf Hitler y su cohorte de asesinos habían ganado la Segunda Guerra Mundial y el planeta había quedado en poder de los países que integraron el Eje junto a Alemania.

Lo que Dick narró como un juego de la imaginación –el famoso «qué hubiera pasado si…»– el periodista argentino Abel Basti sugiere que efectivamente sucedió: no que Alemania ganó la guerra y nadie se dio cuenta, sino que Hitler no se suicidó junto a Eva Braun el 30 de abril de 1945 –como indican todos los libros de Historia más o menos serios–, sino que huyeron de Berlín bajo el asedio implacable de las tropas soviéticas y se escondieron durante décadas en América del Sur, gozando de una cómoda sobrevida.

Es decir: aquel suicidio doble, como en la novela de Dick, jamás ocurrió. Ese es el disparador del libro Las fotos de Hitler después de la guerra (Planeta), en el que Basti aporta imágenes inéditas de la existencia clandestina que el genocida alemán habría llevado en distintos países como Argentina, Paraguay y Colombia.

–¿Es correcto afirmar que el germen de este libro es un archivo desclasificado de la CIA que contenía una fotocopia de la imagen en la que aparece, a mediados de la década del 50, un ignoto marino holandés llamado Philip Citroën junto a Hitler, en la localidad de Tunja, en Colombia?

–Cuando en 2018 fui a presentar mi libro Tras los pasos de Hitler en la Feria de Bogotá, yo ya había escrito sobre ese documento al momento de la desclasificación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), pero estando en Colombia me dije que era una buena ocasión para indagar un poco más sobre el tema.

Lo primero que hice en la investigación fue ir al lugar, a Tunja, a ver si el sitio que muestra la foto realmente existía. Residencias Colonial es un edificio que sigue existiendo, porque es un monumento histórico, es decir que está igual a como estaba en 1945, pero hoy funciona como centro comercial.

En Tunja, una ciudad que está a 120 kilómetros de Bogotá, me entrevisté con el presidente de la Academia de Historia de Boyacá, Javier Ocampo López, un académico prestigioso, nonagenario. Me recibió y le conté lo de la versión de Hitler en Tunja y me dijo “sí, sí, estuvo acá, visitando a un amigo que era el rector de la Universidad de Tunja, Julius Sieber, y se quedó unos meses”.

Según Ocampo López, Hitler viajó desde la Argentina e hizo escala en Perú. Lo miré atónito. Me dio detalles y luego conseguí un segundo testimonio sobre los baños termales de la zona a los que acudía el Führer; ahí encontré a un empresario, Eduardo Duarte, que cuando era adolescente lo atendió en el bar de un hotel donde trabajaba.

Allí, periódicamente, se reunía un grupo de nazis en un salón y un día llegó quien sería Hitler, sin bigote. Fue al baño y salió con un bigote puesto, evidentemente falso. “Todos comenzaron a gritar ‘Heil, Hitler’ y a hacer el saludo nazi del brazo alzado”, me contó Duarte.

Y también obtuve el testimonio de una anciana, apellidada Aguacia, que dice haberlo atendido personalmente, durante la visita a un laboratorio farmacéutico llamado Instituto Médico Sanicol, en Bogotá, entre 1954 y 1955. Tenía el lugar, los testimonios, sólo me faltaba conseguir la foto.

–Pieza clave que serviría para respaldar a todos sus libros previos dedicados a la fuga del líder nazi.

–Seguí varias pistas hasta que di con el hijo del hombre que aparece en la foto junto a Hitler, quien me facilitó una copia para efectuarle una pericia.

Por otro lado, consulté los archivos de la Policía Nacional de Investigaciones de Colombia y ahí aparece Citroën, cuyo expediente decía que entró al país en los años 50, que se radicó en Tunja, y vivió en Residencias Colonial que es el lugar que menciona el documento de la CIA como el sitio donde se sacó la fotografía.

Para los servicios secretos norteamericanos era un oficial de las SS alemanas pero el dato era errado: se trataba de un submarinista holandés que realizó trabajos de inteligencia para los Aliados en junio de 1945 en Alemania, lo cual abrió nuevas puertas a mi investigación.

–¿Por qué supeditar una trayectoria de investigador histórico al tema de la sobrevida de Hitler tras la caída del Tercer Reich en 1945 cuando corre el riesgo de ser tomado por un diletante o un conspiranoico?

–El asunto tiene dos aristas: en lo personal, pasé del desconocimiento del tema, del escepticismo, a aceptar la posibilidad de que ocurrieron cosas raras, y a sedimentar la idea de que Hitler hubiera escapado hasta convencerme de que efectivamente escapó.

Atravesar estos estados no es por una creencia o por una fe: es por las pruebas que iba obteniendo en el camino. Ese es el proceso interno de quien investiga a partir de las pruebas que obtiene.

Para lo que sería la opinión pública, es muy distinta la situación en 1994 y hoy: por entonces, el tema de la huida de Hitler era inadmisible y quien se dedicaba a investigarlo era catalogado de “conspirador nato”.

Al cabo de treinta años las cosas han cambiado porque sucedieron algunos hechos: por un lado, la desclasificación de archivos de la CIA, el FBI y de la Armada argentina con respecto a la presencia de submarinos nazis en nuestras costas.

Se hicieron los estudios del hueso del cráneo supuestamente perteneciente a Hitler que estaba en poder de los rusos, y dieron por resultado que pertenecía a una mujer. Hoy hay mayor acceso a datos a los que antes no era fácil acceder: por ejemplo, los de las autopsias a los supuestos cuerpos de Hitler y Eva.

–¿Cómo se abrió camino como investigador en un contexto de tanto hermetismo informativo como imperaba en los años en que inició estas pesquisas sobre el nazismo?

–Yo hice un laburo, que puede hacer cualquiera, que fue ir a una hemeroteca a buscar las noticias de 1945 con respecto a la muerte de Hitler –provistas por las agencias británicas, norteamericanas y soviéticas– y cuando analizás el material ves que el 90 por ciento de esa información es sobre el escape de Hitler y no su suicidio.

Los únicos que afirman que se mató son los nazis: es decir, el bando de los criminales hablan de suicidio, pero dame una contraparte que no sea del mismo bando para que pueda llegar a una conclusión creíble.

Pero además, de la liberación progresiva de pruebas fácticas, hay un elemento generacional. Con el paso del tiempo, hay una relajación del tema, los principales actores están muertos; cuando arranqué, en 1994, muchos nazis aún estaban vivos, y luego hablabas con los hijos y ahora se habla con los nietos. Y éstos te dicen “qué sé yo, fue Historia, yo no tengo nada que ver”.

Es más factible conseguir hoy testimonios reveladores simplemente por el paso del tiempo. Y empiezan a aparecer gente que te dice “che, mi abuelo también tenía fotos de Hitler en la Argentina”.

El libro

El libro está dividido en dos partes: en la primera, Basti despliega un minucioso rastreo de las inversiones alemanas en distintos rubros esenciales –minería, telefonía, agroindustria, laboratorios farmacéuticos– que llegaron a Colombia durante el apogeo del nacionalsocialismo germano y cómo, a la caída del Tercer Reich, fue uno de los países latinoamericanos que más afluencia de emigrados alemanes recibió, y cuyos profesionales y técnicos se insertaron sin inconvenientes en distintos sectores productivos estratégicos durante el gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla.

En la segunda parte, el autor aporta las voces de testigos presenciales y de descendientes directos de quienes vieron a Hitler en Colombia, explica las conexiones entre sectores de empresarios, miembros de la realeza europea, militares, eclesiásticos, agentes de inteligencia norteamericanos y líderes políticos latinoamericanos que permitieron que Hitler y su mujer tuvieran una segunda vida clandestina, asentados en el sur de la Argentina pero desplazándose también a otros lugares del continente como Bolivia, Perú, Paraguay, Brasil y Colombia con absoluta impunidad.

Es razonable preguntarse por qué Hitler, que tenía que pasar desapercibido, habría permitido que lo fotografiasen e incluso sin siquiera tomar la precaución de afeitar su inconfundible bigote.

La explicación conviene no develarla sino que el lector la descubra en la lectura del libro –que tiene el tempo narrativo y la eficacia de una novela de espías de John Le Carré– porque es la piedra angular sobre la que Basti construye su hipótesis que no sólo suena verosímil sino plausible.

También aporta documentación, fotos adicionales de Hitler en América del Sur y el resultado de un análisis de la foto de Citroën realizado por el perito argentino Enrique Prueger.

–Menciona al influyente Grupo Bilderberg como uno de los artífices principales de la cobertura económica y política que permitió, tras el simulacro de suicidio, la huida de Hitler de Berlín en abril de 1945. ¿No es una acusación grave que podría generarle demandas judiciales?

–Yo tengo que escribir en base a la información que obtengo y que considero verídica. Citroën respondía al príncipe Bernardo de Holanda, y la vida de escándalos financieros de Bernardo es pública. Su simpatía y su apoyo a los sectores nazis, también.

El clan Rockefeller sostuvo a Hitler antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Este grupo se forma con ellos dos, así que el marco ideológico y de poder no me genera ninguna duda de que estuvieron detrás de esa protección y de la segunda vida de Hitler.

En cuanto a lo probatorio, tengo esta foto que para mí es una prueba de vida. Y está Bernardo de Holanda. Si eso no es encubrir a alguien, bueno, por lo menos, el grado de complicidad existe.

Por otra parte, era vox populi en la cúspide del poder mundial que Hitler estaba vivo, con lo cual estamos involucrando a los sectores políticos y militares. Era un secreto a voces. Y como los negocios se centran principalmente en estos personajes, la trama de los negocios está siempre presente; en un libro anterior, Hitler y el nuevo orden mundial, esta alianza la describo en detalle.

En esos círculos de negocios, estaban los nazis reciclados trabajando con los norteamericanos. Un caso emblemático fue el de Klaus Barbie, que trabajaba para la CIA, en la venta de armas de los conglomerados de posguerra y en el tráfico de drogas.

Basti Básico

  • Buenos Aires, 1956. Cursó estudios en la Escuela Superior de Periodismo –Instituto Grafotécnico- y se desempeñó como cronista en el diario Clarín.
  • Radicado en Bariloche desde 1979, se ha dedicado a reconstruir en numerosos libros la historia de los nazis refugiados en la Argentina. Entre sus obras se destacan Bariloche nazi, Hitler en Argentina, El exilio de Hitler, Los secretos de Hitler y Hitler en Colombia, entre otros títulos.
  • También ha coordinado expediciones en el Atlántico Sur en la búsqueda de los cascos hundidos de los submarinos utilizados por los nazis para huir. Lideró la expedición Eslabón Perdido que en 2022 encontró una de esas naves en las cercanías de las playas de Necochea, en la provincia de Buenos Aires.
  • Fuente Clarin /AGP Internacional