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Gustavo Santaolalla, creador de su propia vida

Por Antonio Las Heras. – Si hay un ejemplo de alguien que fue creando su vida de acuerdo a una planificación previa precisa, analizada al detalle, atendiendo a las posibles variantes intervinientes, ese es Gustavo Santaolalla, el músico que es capaz – aún hoy a los casi 70 años de edad – de seguir reinventándose para continuar una vida donde poco y nada está librado al azar o a los imprevistos.

Si hay un ejemplo de alguien que fue creando su vida de acuerdo a una planificación previa precisa, analizada al detalle, atendiendo a las posibles variantes intervinientes, ese es Gustavo Santaolalla, el músico que es capaz – aún hoy a los casi 70 años de edad – de seguir reinventándose para continuar una vida donde poco y nada está librado al azar o a los imprevistos.

Conozco a lo que me refiero no sólo por haber seguido la trayectoria de este singular músico desde los juveniles días del conjunto Arco Iris, aquel que con el tema Blues de Dana ganó el Primer Festival Internacional de la Música Beat (1970), realizado en Mar del Plata, sino por los diálogos que supimos mantener en aquellos hoy tan lejanos tiempos.

En ese entonces, Arco Iris se destacaba no sólo por cantar rock en castellano (ya otros conjuntos lo hacían como Los Gatos, encabezado por Litto Nebbia o Manal y los recordados solistas Tanguito y Moris) sino por incluir en sus temas acordes folklóricos e imbuir al conjunto en un aura mística y esotérica generada por Dana, la misteriosa guía espiritual del grupo.

Gustavo ya se destacaba entre los miembros del conjunto. Tanto era así que algunos presentadores de programas radiales musicales, que tenían enorme audiencia a nivel nacional, como por ejemplo “La catedral del ritmo”, que conducía Carlos Ricco, presentaban los temas de Arco Iris diciendo “aquí viene Santaolalla y compañía.”

Me reuní varias veces con Gustavo Santaolalla quien, con toda generosidad, me recibía para corregir algunos poemas de mi autoría y conversar sobre el arte de la creación en general. Recuerdo bien la sorpresa que tuvo cuando – estábamos en un taxi, lo acompañaba a una entrevista radial que le realizarían – me informó que pronto se marcharían a los Estados Unidos para quedarse a vivir allí. Un tanto aturdido por lo inesperado de la noticia, la pregunté ¿cómo era eso de irse después del extraordinario hecho de haber llenado el teatro Coliseo? Me explicó que, precisamente por eso lo hacían. Aquí en la Argentina habían alcanzado la cima. Ahora tenían que ir a dónde las alturas a alcanzar eran mucho mayores. ¡Las máximas!

Y así partieron. No fue una huida ni una aventura. Se trató de un plan desarrollado con tiempo a efectos de llegar a la cima del mundo artístico y musical. No fue fácil ni gratuito. Fue simple y concreto. Una vez instalados en América del Norte, llevó años de trabajo, esfuerzo y nuevas planificaciones. Santaolalla siguió por las suyas. Ara Tokatlian – otro de los cofundadores de Arco Iris – junto a Dana, hicieron – también allá – su camino manteniendo el nombre original del conjunto. En 1978 se instaló en Los Ángeles, California, donde aún sigue teniendo su residencia. Lo que no quita que, desde hace unos años, también posea un viñedo en Mendoza (Argentina.)

Santaolalla, reinventándose cada vez que lo entendió necesario para el logro del objetivo fijado en aquellos días juveniles, ingresó en el competitivo campo de hacer música para películas hollywoodenses. Ganó un Oscar. Luego otro. Obtuvo premios Grammy. También el Globo de Oro. ¡Estaba transitando por la cumbre de las cumbres! Tal como lo había, no diremos soñado, sino deducido racionalmente, varias décadas antes.

Hizo muchas otras cosas. Todas exitosas. Siempre pensadas, analizadas, nada de tirarse a la pileta sin conocer cuánta profundidad tiene, la cantidad de agua y hasta la temperatura.

Asumió la producción de conjuntos musicales así como de cantantes. Juanes, con el éxito “La camisa negra”, fue obra suya.

En 2018 participó, arrasando con los aplausos, en el Plácido Domingo Classics Festival, en el que actuó acompañado por la Pannon Philharmonic Orchestra, asombrando una vez más tanto por lo magnífico del espectáculo como por la reinvención.

A fines de 2020 consiguió que toda la prensa occidental se ocupara de una serie documental para Netflix, de la cual fue el productor ejecutivo. Porque atento a por dónde van los nuevos caminos y hacia dónde se dirigirán los venideros en un futuro previsible, produjo “Rompan todo: la historia del rock en Latinoamérica.” Uno de los más destacados cuestionamientos que tuvo la serie fue en relación a las inclusiones y exclusiones del recorte de músicos y bandas que aparecen. Pero, como ya conocemos, cuando se trata de recorrer una historia siempre hay hechos que se soslayan y otros que se destacan. En todo caso, esto no hizo más que mostrar que Santaolalla es tan humano como cualquier otra persona, por más que su vida sea esencialmente resultado de la inteligente planificación que ha hecho con ella. Un ejemplo que demuestra con precisión que cada existencia es el resultado de las decisiones que se toman tanto como de las que no se toman. Uno no es una hoja seca al viento de otoño arrastrada hasta deshacerse. Todo lo contrario.