Suplemento ABRALAPALABRA

Murió Milan Kundera: el adiós al hombre de la ironía, que describió la vida cotidiana y real detrás de la cortina


El autor nacido el 1 de abril de 1929 en Brno, en la ex Checoslovaquia, murió hoy a los 94.

En 2014 reapareció el nombre de Milan Kundera. La publicación de “La fiesta de la insignificancia”, su primera novela en 14 años, marcaba esa vuelta, la de un escritor que se había convertido en uno de los más relevantes de su tiempo. En “La fiesta…”, ambientada en el París contemporáneo, en el cual cuatro amigos deambulan dejando sus reflexiones, Kundera recuperaba el estilo que marcó toda su obra. La fina, irónica, mirada sobre el régimen socialista -a esa altura ya se había desplomado- y también sus visiones históricas y filosóficas.

Concretamente, en “La fiesta…” hasta se vuelve a tomar con cierto humor a personajes como Stalin. Le hace expresar a Calibán, uno de sus personajes: “Lo que me parece increíble en toda esa historia es que nadie entendiera que lo de Stalin era una broma”. Y dice Charles, su compañero “todos a su alrededor ya habían olvidado que es una broma”.

No en vano se considerado en Kundera a un hombre que reunía las condiciones de literato, filósofo, historiador y político. Sin embargo, él siempre reivindicó su condición artística y estética, y no se vio a sí mismo -pese a la dureza del exilio- como un denunciante, o un militante más ferviente al estilo Solzhenitsyn en la ex URSS.

“No me siento cómodo en el papel del disidente”, sostuvo alguna vez. “No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno la literatura de tesis. Y es algo que detesto. Lo que me interesa es el valor estético”. Las tramas de arte, política y filosofía que atraviesan sus escritos alcanzan la cumbre en la novela que le llevó a la fama (“La insoportable levedad del ser”), pero una síntesis podría aportarla Carlos Fuentes: “Los personajes de Kundera giran en torno a un dilema: ¿ser o no ser en el sistema de idilio total? Un idilio que no admite nada ni nadie que ponga en duda el derecho de todos a la felicidad”.

Nacido el 1 de abril de 1929 en Brno, en la ex Checoslovaquia, Kundera sufrió de chico la invasión nazi y la Segunda Guerra Mundial. Hijo de un músico y con una sólida formación intelectual, estudió Literatura en la Universidad Carolina de Praga, pero dejó para completar sus estudios universitarios en la Facultad de Cine de la Academia de Praga, donde egresó en 1956.

Tuvo una temprana militancia en el Partido Comunista, que tomó el poder luego de la Guerra como parte del bloque socialista, pero se desencantó pronto: en 1948 lo expulsaron por “actividades antipartidarias”. Aún así, volvió en 1956, pero volvieron a expulsarlo, definitivamente. Y se ganó la vida en oficios varios: pianista de jazz, empleado de oficina, redactor de astrología part-time.

Ya había despuntado su vocación literaria, que se inició en la poesía («El hombre es mi jardín», en 1953, «Monólogos», en 1957) hasta desembocar en su primera novela, “La broma” (1965), que prefiguró toda su obra en el género. También le valió la prohibición y persecución del régimen, que desembocó en su exilio una década después.

Kundera vivió de cerca los acontecimientos de La primavera de Praga, cuando el gobierno de Dubcek intentó reformas que resultaban demasiado “pro-occidentales” al gusto de Moscú y que terminaron con los tanques soviéticos en Checoslovaquia, en 1968. Algunas de las sensaciones de Kundera alrededor de la invasión soviética aparecen en una de sus obras de teatro, “Jacques y su amo” (1981), un homenaje a Diderot.

También en su país escribió las novelas “El libro de los amores ridículos” (1970), “La vida está en otra parte” (1973) y “La despedida” (1975), estas últimas distinguidas con los premios Médicis en Francia y Mondello en Italia respectivamente. Pero el 75′ marca su alejamiento definitivo de una Checoslovaquia en sombras, para radicarse en Francia, donde se desempeñó como profesor de literatura en la Universidad de Rennes y en la Escuela de Altos Estudios de París.

Cuando insistió en sus ironías sobre el régimen (con “El libro de la risa y el olvido”, 1981), le revocaron la nacionalidad checa, que recién le devolverían 25 años más tarde, con su país ya liberado. En cambio, Mitterrand le concedió la nacionalidad francesa, el mismo gesto que tuvo simultáneamente con Julio Cortázar. La publicación de “La insoportable levedad del ser” y su versión cinematográfica, lo hicieron famoso. Sus novelas siguientes («La lentitud», «La identidad», «La ignorancia» y la citada «La Fiesta…») ya fueron escritas en francés, lo mismo que varios ensayos.

“El humor es esencial para Kundera. La ironía está en el centro de su vida, la idea de que uno no se puede tomar el mundo demasiado en serio”, comentó uno de sus grandes amigos parisinos, el escritor y periodista Jean Daniel. Kundera -entrevistado en 1980 por otro notable novelista como Philip Roth- contó que “aprendí a valorar el humor durante la época stalinista. Yo tenía veinte años. Y para identificar a alguien que no fuera stalinista, bastaba con fijarse en su sonrisa. De aquella época, me aterroriza la idea de que el mundo está perdiendo el sentido del humor”.

Kundera también lamentaba la declinación de la cultura en su región. A principios del siglo XX, la cultura centroeuropea era el eje de la cultura europea. De allí provenían el psicoanálisis, el estructuralismo, la dodecafonía, el teatro del absurdo. Todo ello está a punto de terminar por un choque cultural, aún más fuerte que el político”.

Y aunque no le concedieron el Nobel, Francia lo ubicó en una de las más codiciadas situaciones literarias, la edición de La Pléiade. Francois Ricard, de la Universidad de McGill de Montreal, se ocupó de la edición definitiva en La Pleiade y escribió: “Kundera puede ser de origen checo y puede haber adoptado la nacionalidad francesa, pero su obra no es francesa ni checa. Pertenece a otro territorio, a otra historia, a otro corpus que el de las lenguas en la que ha sido escrita, el espacio transnacional de la novela. Y hay muy pocos escritores contemporáneos de los que se pueda afirmar esto”.

Aunque Kundera ya había recibido premios relevantes durante la década del 70 (como el Médicis en Francia por “La vida está en otra parte” o el Mondello en Italia por “La despedida”) la obra que marcó su definitiva consagración fue “La insoportable levedad del ser”, editada en 1984.

Allí no sólo denuncia el régimen totalitario de su país, sino que representa un ensayo filosófico sobre la naturaleza humana.

Desde la política hasta la infidelidad, desde el abandono hasta las preguntas por el sentido de la existencia, desde el erotismo hasta las cuestiones cotidianas, aparecen en esta obra trazada por las relación entre Teresa y Tomás, Sabina y Franz.

Tomás -acaso el alter ego del escritor- es un prestigioso cirujano, que se dedica a seducir mujeres, a través de quiénes descubre distintos aspectos de la vida. Finalmente se enamora y se casa con Teresa, pero ni aún así elude su rol de amante de Sabina. Cuando Tomás se encuentra con Teresa “su paso era más ligero, casi flotaba. Se hallaba en el campo mágico de Parménides: disfrutaba de la dulce levedad del ser”. Y Teresa es la que termina impresionando por su coraje.

Teresa, una camarera, parece más frágil y etérea pero simboliza “la levedad” que quiere transmitir Kundera en su novela. Sabina, por otro lado, es una bohemia, apasionada por el arte, mujer independiente, relacionada con otro idealista, el académico Franz.

La descripción de la Checoslovaquia bajo el régimen comunista está presente: “La evaluación y el examen de los ciudadanos es una actividad permanente, la principal de las actividades sociales en los países comunistas”, denuncia.

Y hasta aparece un guiño a su afición musical -Kundera era hijo de un músico, él mismo estudió composición de joven y admiraba a Beethoven- cuando escribe: “Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos, como Tomás y Sabina. Pero cuando se encuentran y ya son mayores, sus composiciones musicales están más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y otra”.

“La insoportable…” logró el Premio Europa de Literatura y su popularidad creció poco después por la versión cinematográfica que dirigió Philip Kaufman, con actores excepcionales: Daniel Day-Lewis, Juliette Binoch, Lena Olin. Kundera era escéptico en cuánto a las posibilidades de trasladar su novela al cine, pero participó en el guión y se cuenta que su esposa, Vera, lloró al ver la película.

El escritor británico Ian McEwan describió que esta novela de Kundera “puede sentarse cómodamente junto al arco iris de la verdad poética y el triunfo de una investigación sobre la metafísica del destino y dos historias de amor”.

Se incluyen algunos elementos autobiográficos, pero lo relevante es el trasfondo de sus personajes: una Checoslovaquia que anhelaba su libertad y sufría la invasión de los 200 mil soldados y 5.000 tanques soviéticos (“La Primavera de Praga”), un líder como Alexander Dubcek que asoma como una posibilidad de libertad y que termina derribado.

Este libro recién se publicó en checo dos décadas después, convirtiéndose nuevamente en un éxito de ventas y deparándole el Premio Nacional de Literatura. En realidad, hubo una pequeña edición anterior en ese idioma, pero publicada en Canadá para emigrantes y casi no se conservaban ejemplares.

La nueva edición iba acompañada por una nota de Kundera, que precisaba su rigurosidad en el texto: “Fue necesario reconstruir el manuscrito, perdido parcialmente, compararlo con ediciones anteriores y, por encima de todo, con la traducción francesa en la que introduje muchos cambios pequeños a lo largo de veinte años”.

A esa altura, Kundera prefirió que “La insoportable levedad del ser” se tratara de una lectura ceñida a la historia de amor, antes que de un libro político. O inclusive filosófico, pese a que comenzaba con reflexiones sobre la “teoría del eterno retorno”, de Nietzsche.

Una conclusión de muchos hechos -y acaso de su propia vida- se insinúan en “La insoportable…”. Es cuando Kundera escribe: “Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde”.

Fuente: AGP / CLARIN